Para mi cumpleaños número 25 quería hacer algo diferente. ¡Me sentía vieja! (Sii, dizque a los 25…).

Había repasado todas mis metas para cuando alcanzara esa edad y, francamente, estaba un poco frustrada con los resultados alcanzados hasta el momento.

Así que decidí que no celebraría mi cumpleaños como lo había hecho toda mi vida. Hablé con una colega periodista que vivía en México y organicé un viaje para allá justo en la fecha de mi cumpleaños.

Fue una experiencia inolvidable. Visité muchos lugares, conocí un país hermoso que eventualmente se convirtió en mi hogar durante dos años, e hice amigos que aún conservo. 

Después de eso, he viajado cada vez que inicio una nueva vuelta alrededor del Sol. Me he ido sola, con un novio que tuve, y con mis amigas. Cada experiencia ha sido una especial, de crecimiento, de evaluarme, de ser agradecida con lo que la vida me trae (o por lo que se lleva) y de continuar hacia adelante. 

Restart

Tal vez es una tontería que una se pone en la cabeza, pero siento que mi energía se renueva cada vez que viajo. Es como, un pequeño restart que ubica todo nuevamente en perspectiva. La diversión… ver todo nuevo, realmente te hace ver lo que realmente vale en la vida, más allá de lo material. Bien lo dijo El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

He viajado por trabajo, por vacaciones, con la mayor tristeza del mundo y con la mayor felicidad. El resultado siempre es el mismo. Regreso a casa con fuerzas, con la mirada refrescada y con menos peso encima.

Además, siempre que regreso a Puerto Rico y, aunque sean días después de ese 16 de agosto, lo celebro con mis familiares y amigos (soy bien supersticiosa, así que NUNCA celebro un cumpleaños antes de la fecha). 

Este año no será la excepción y ya comienzo a darle forma a cómo recibiré los 31. No me importa si me sigo poniendo vieja, ni le doy vueltas al issue de la edad.  Ahora celebro la oportunidad de vivir un año más y trato de aprovechar cada día para no arrepentirme de nada en el futuro.